SOCIOPATÍA Y SINHOGARISMO. ¿Existe algún tipo de relación entre sociopatía y sinhogarismo?

Para responder a esta cuestión es de suma importancia definir con precisión ambos conceptos y así aclarar la posible correlación que pueda existir, además de, desactivar los prejuicios y leyendas urbanas que frecuentemente se atribuyen al respecto.

 

¿Que es la sociopatía?

 

La sociopatía es según el manual DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, American Psychiatric Association, 1994. Un trastorno con entidad propia, definido como  trastorno antisocial de la personalidad; si bien hasta aquí esto es cierto, la mayoría de los expertos en la materia como  David Lykken defienden que este trastorno de personalidad es una categoría más heterogénea y tanto lo que conocemos como Psicopatía, Sociopatía y Trastorno Antisocial de la personalidad con sus sutiles diferencias entrarían dentro del grupo B dramáticos, emotivos e inestables bajo el epígrafe de trastorno antisocial de la personalidad.

 

La sociopatía es por tanto, el subgénero más amplio del Trastorno de Personalidad Antisocial. En él encontramos a individuos (normalmente hombres jóvenes, aunque la presencia de mujeres está aumentando) que no se socializaron bien en la infancia y adolescencia, si bien, generalmente, puede ser detectada a partir de los 18 años de edad, se estima que los síntomas y características vienen desarrollándose desde la adolescencia. Antes de los 15 años debe detectarse una sintomatología similar pero no tan acentuada, se trata del trastorno disocial de la personalidad.

 

Concretando podríamos definir la Sociopatía como una afección de salud mental por la cual una persona tiene un patrón prolongado de manipulación, explotación o violación de los derechos de otros. A menudo este comportamiento es delictivo. Esta patología de índole psíquico que deriva en que las personas que la padecen pierden la noción de la importancia de las normas sociales, como son las leyes y los derechos individuales.

 

Psicológicamente cursa con características impulsivas o modelos de hábitos que pueden atribuirse a un aprendizaje desviado (modelos educativos negligentes). Puesto que el temperamento de un sociópata es muchas veces normal; mientras que otros pueden ser nerviosos o buscadores constantes de estímulos. La mayoría de población reclusa satisface los criterios diagnósticos del Trastorno de Personalidad Antisocial que identifican a más de la mitad de hombres que consideramos “delincuentes comunes”.

 

En resumen, el sociópata es el producto fallido de una educación negligente y sin disciplina.

 

¿Qué es el sinhogarismo?

 

No existe en un manual diagnóstico y tampoco es fácil encontrar una definición para las personas sin hogar. Desde los años noventa se ha generalizado el uso del término sin techo o sin hogar. Para describir el fenómeno se utiliza el término "sinhogarismo", traducción del vocablo "homeless". Este nuevo término ha sustituido a otras palabras tradicionales como indigente o mendigo, que convertían las personas, en sujetos al margen de la sociedad por decisión propia y racional en todos los casos.

 

Superamos la tentación de las definiciones peyorativas que describían los fenómenos de exclusión como si fuesen una de las características casi innatas de las personas.

 

Por tanto, cuando hablamos de personas sin hogar nos referimos, según la definición de FEANTSA, a "personas que no pueden acceder o conservar un alojamiento adecuado, adaptado a su situación personal, permanente y que proporcione un marco estable de convivencia, ya sea por razones económicas y otras barreras sociales, o bien porque presentan dificultades personales para llevar una vida autónoma"

 

 

Esta definición, que desde 1995 pasó por ser la definición oficiosa de FEANTSA, sigue siendo hoy día válida ya que pone en relación dos elementos como explicación de un problema, que siendo social, ha de poder analizarse en tanto que realidad social, colectiva, histórica y políticamente determinada: los elementos estructurales (mercado de los alojamientos, situación económica general, mercado de trabajo, legislación social) y los elementos biográficos (dificultades personales, déficits, trastornos o hándicaps de cualquier tipo).

 

 

¿Existe alguna relación entre la sociopatía y el sin hogarismo?

 

Partiendo de la premisa de que ser una persona sin hogar es un factor de riesgo para la adquisición de enfermedades mentales, parece lógico pensar que una persona con trastorno antisocial de la personalidad debido a su conducta antisocial o disruptiva en los ámbitos familiares, laborales y sociales en general pueda terminar en una situación de sinhogarismo; también parece lógico que, el hecho de ser una persona sin hogar en primera instancia  podría desencadenar un trastorno antisocial de la personalidad o sociopatía, debido al estigma producido por la mala comprensión del sinhogarismo entre otras cosas.

 

En los estudios consultados (Salavera, C, S. Puyuelo, M y Orejudo, S. 2008. Trastornos de personalidad y edad: con personas sin hogar), se observó́ una alta presencia de trastornos de personalidad en las personas sin hogar (63,74%), con un 40,66% presentando comorbilidad (dos o más trastornos a la vez) muy por encima de los datos epidemiológicos encontrados en población general (American Psychiatric Association, 2000; Instituto Nacional de Estadística, 2004), resultado esperado por ser las personas sin hogar, una subpoblación de alto riesgo. En concreto se obtienen altas prevalencias de los trastornos antisocial (26,4%), compulsivo (22%), dependiente (19,8%) y esquizoide (18,7%). Este hallazgo es consistente con el papel jugado por la carencia de habilidades sociales en el desarrollo y mantenimiento del transeuntismo.

 

En cuanto al trastorno objeto de nuestro análisis podemos decir que, el TP antisocial (TAP) resultó ser el que alcanzó mayor prevalencia en diferentes estudios. Este trastorno se encuentra en un 3% de la población normal, elevándose a un 35.1% en el colectivo homeless.

 

Respondiendo a la pregunta que da título a este artículo, podemos afirmar que existe una alta correlación entre trastornos de personalidad y situación de homeless; y dentro de esta correlación se puede afirmar que la sociopatía es el trastorno de personalidad más frecuente en este colectivo.

 

Estos indicadores observados en diferentes estudios sugieren que, para la muestra de referencia, parece que existe una personalidad propia de las personas sin hogar (Cabrera, 2000), tal vez previa, tal vez forjada y modelada en su estancia en la calle, tal vez una combinación de ambas, incrementada por su propia situación social (Twenge, Baumeister, DeWall, Ciarocco & Bartels, 2007). Iniciar estudios en torno a personalidad premórbida en personas sin hogar, puede ser un campo interesante para su abordaje. Otra línea de investigación es abordar la comorbilidad entre trastornos de personalidad, que dificulta el trabajo en la recuperación de estas personas y dificulta su pronóstico.  José Iglesias Gil, Psicólogo.

 

 

DDLR: Tod@s infectad@s.

     

“El efecto espectador o difusión de la responsabilidad es un fenómeno estudiado por la psicología social. Hace referencia a aquellos casos en los que los individuos que son testigos de un suceso, no ofrecen ninguna forma de ayuda a los demás cuando hay otras personas presentes”.

 

El Efecto espectador se descubrió en un estudio realizado en las universidades de Columbia y Nueva York, los entrevistados escuchaban un golpe seco que indicaba que otro participante había tenido un accidente en la habitación de al lado. Cuando las personas creían que estaban solas, el 85% salía corriendo para socorrer al supuesto accidentado, pero cuando creían que había más personas cerca, solo el 31% prestaba ayuda. ¿A qué se debe este efecto? Simplemente, al hecho de que creemos que la responsabilidad de ayudar al otro, recae sobre los demás y no sobre nosotros mismos.

 

Este efecto se repite constantemente en nuestras calles, con el añadido de la aparente normalización que se está haciendo del sinhogarismo. Tú eres una víctima más de esta difusión de la responsabilidad.  ¿Con tanta gente que pasa por la calle? ¿Por qué tengo yo que pararme? ¡Viviendo yo de alquiler! ¿A quién voy a ayudar con lo que cobro? ¡Que ayuden los ricos y el estado!

 

Con estas líneas no es mi intención recriminar ni llamar la atención de aquellos y aquellas que sufren este mal efecto social. Posiblemente sea un aprendizaje…

 

Hay muchos factores involucrados en estos procesos, que pueden ser la cultura, leyes, el entorno y variables personales. Puede ser causado por la sobrecarga de información, que confunde y paraliza al individuo, también hay quien piensa que está relacionado con la responsabilidad que pueda sentir la persona frente a la situación de emergencia.

 

Los grados de responsabilidad también están determinados por la percepción que el espectador tiene de la persona: juicios morales.   ¡Mira cómo va vestido! ¡A saber! ¡Seguro que va borracho! Este último punto para las personas sin hogar es la mayor amenaza con la que viven día a día. 

 

Miles de jueces a diario pasean por la Plaza Mayor de Madrid, algunos son de aquí y otros muchos no, pero la mayoría tienen en común el efecto espectador.

 

Como gaseados por este mal social con el que vivimos andan por la plaza, con los ojos fijos en las personas que allí “viven”, comentan entre ellos, se preguntan, se alarman… Pero nadie hace nada. KGD  

  

 

¡CELEBRAMOS COMO AMIGOS!

La vida de las personas sin hogar, bien intencionadamente “quiero pensar”, siempre ha tenido una publicidad lastimosa. Nos encanta sentir empatía, incluso llorar si un buen vídeo nos arranca el sentimiento mientras les vemos pasando frio en nuestro invierno. Pero nunca he creído demasiado en estos fugaces sentimientos. Algo te mueve de verdad si nos remueve, si te levantas y haces algo, aportas algo, dices algo, protestas por ese algo que te parece injusto. Lo contrario, es pensar que estamos saturados de información de todo tipo y al igual que nos reímos por una broma de un youtuber, con la misma capacidad de olvido lo hacemos con la mujer sola que duerme en la plaza de la ciudad. No existe conmoción sentimental si la respuesta es negativa o neutra. No pasa nada por dentro. Es el peligro de la deshumanización, de pensar que solo no podemos, de etiquetar a las personas que sufren porque nos resulta más fácil olvidar si las culpamos. Un peligro que nos acecha desde dentro. Es dura la realidad sin dudas, pero… hoy a pesar de tantas personas en la calle (sin tener que estar) os traigo una noticia agradable. La “Noticia que ayer arrancó la primera sonrisa del día”.

 

No menciono tu nombre amigo, porque quiero proteger tu identidad ahora que ya no te dirán sin techo porque tienes hogar y trabajo. Ayer comenzaste una andadura, ya vuelas algo más independiente. Me viene a la cabeza la primera imagen, en aquel taller junto a otros, con ganas de buscar empleo, de animarte a tentar a la suerte, de lanzarte por el camino del emprendimiento, intuías que valías… y vales mucho.

 

Hace algún tiempo llegabas cabizbajo al local de Acción Humanitatis. Lo recuerdo bien, tanto como aquella sonrisa desdibujada y formal que quería decir “todo está bien”, cuando por dentro te rompías sin saber juntar los trozos. Pedías acompañamiento, y eso hicimos: reemprender el camino de los que triunfan, porque el fracaso en esta sociedad nos viene de serie desde el momento en el que no nacemos en cuna de oro y soportamos más de lo que nos da el trabajo para vivir. Esa es la realidad de cualquier persona de a pie como nosotros. Pero no quiero revindicar nada, este día es para celebrar, que, gracias a ti, a tu esfuerzo y a nuestra amistad… junto a tantas cosas, ya no estás sin trabajo, ya te sientes integrado y útil.

 

Quiero decir, aprovecho ahora también amigo para que te enteres, que Acción Humanitatis celebra ese pulso que has ganado a la desconfianza y la desgana.  Tú vales y no solo es una realidad, ahora lo sabes. ¿Imaginabas que ibas a alcanzar uno de tus grandes propósitos tan pronto? La motivación es el motor que impulsa el del corazón.

 

Éxito amigo, éxito y que sepas que, aunque te veremos menos por el local: es mejor así y estamos felices…entre todos lo hemos logrado. Con este triunfo tuyo y sobre todo tuyo reafirmas una de las líneas de trabajo nuestra organización. Nos encanta repetir: trabajamos para dejar de ser necesarios. YDF

 

 

EL COLE DE LAS EMOCIONES

Desde   que   somos   pequeños   se   nos   enseña   lo   que   supone   que   son   las nociones básicas para “la vida”, aquello que vamos a necesitar para hacernos un hueco en este mundo...Matemáticas, gramática, geografía, historia...son tantas las asignaturas, conceptos y deberes que hacer en casa, que, al llegar a ella, con todas las vivencias del día, los millones de estímulos externos que nos rodean, no tenemos consciencia plena de lo que nos ha ocurrido...

 

Rabia incomprensible, miedo a ese niño que insulta, a la conversación de mis padres que escuché ayer sin querer, frustración por no acabar de comprender el ejercicio de la pizarra, la culpa por la bronca que le echaron ayer a mi hermana, códigos de conducta... ¡Paren a este niño! ¡Paremos a los niños y niñas del mundo!

 

¿Cuántas veces te han dicho te vas a caer que al final te caes?

 

¿Cuántas tú no puedes solo? Efecto Pigmalion negativo. ¿No sería mejor sentar a esa pequeña e incentivar sus habilidades?

 

Decirle que puede hacerlo. Efecto Pigmalion positivo. ¿Pero...y si no lo consigue? Pues   sentarse   de   nuevo   y   enseñar   que   eso   que   está   sintiendo   se   llama frustración, miedo... ¡Demos herramientas!

 

Podríamos aprender en la escuela sobre creencias limitadoras, cuales son y cómo   éstas   nos   perjudican.   Si   aprendiésemos   a   detectar   aspectos   de autoestima baja, patrones negativos que se repiten, tendríamos muchas más condiciones de liberarnos de esa negatividad.

 

Pero nuestros padres y profesores también son “analfabetos emocionales”, ellos tampoco fueron al cole de las emociones.

K.García

 

 

¿PARA CUANDO EUROPA?

¿Para cuándo Europa? ¿Para qué hora tu despertar? Tú que vives en la cima de los continentes ricos, tú que coronaste con tus luchas los primeros y más grandes movimientos revolucionarios con el objetivo de dar a la mujer y al hombre su lugar en la sociedad, tú que liderabas (o al menos pensaste) las culturas ancestrales y las más férreas tradiciones de altruismo, tú que siempre te has condecorado como la más grande al lado del pobre.

 

¿Por qué duermes? Si duermes lo entiendo, pero despierta. No es hora de roncar cuando gritan a tu lado millones de personas que piden solidaridad. Estás en una fase confusa, estancada y mediocre, tan fría, te decepcionas a ti misma. ¿Qué pasa que no te pilla el conflicto cerca? ¿Qué pasa? ¿Lo tuyo primero? No entiendo porqué te serenas la conciencia inventando meras fantasías para no abrazar al pueblo que es masacrado por falta de intervención internacional. Lo puedes parar, pero no lo intentas siquiera. Eres un sepulcro blanqueado con una deplorable actitud de indiferencia.

 

¿Y ahora qué de esos valores enarbolados que costaron tanta sangre? No me digas que eran sólo para europeos que me enfado. Convénceme con obras reales Europa, que tienes un compromiso con el dolor del pueblo sirio, demuestra con tu acogida que no son sólo cifras, cosa que me vienes demostrando, porque cínica y retrógrada, te haces eco solo de lo que te importa. Los ataques de Francia, siguen sucediendo por decenas a diario en las zonas en conflicto. ¡Ah va, espera Europa! Esgrimes tu fatídica carta: no son europeos, que, si no lo contarías como una saeta, con mucho sentimiento, a veces vacía.  Qué falsa me estás pareciendo unión de Europa, qué injusto me parece que el dolor de unos pueblos sea más importante que el dolor multiplicado por mil de otros.

 

No se retrasmite la matanza que hace años echó a andar en toda su crudeza, porque son más importantes algunos intereses y las bolsas. Esas, por favor, que no caigan. A los otros igual más tarde y si tienes tiempo le dedicarás unos segundos. Ni siquiera aseguras que el recibimiento sea pacífico y se hacen más frecuentes los bates alzados gritando insultos que un cartel de bienvenida y globos.

 

Para ti no sé qué significará Europa, eres bastante complicada de entender. Pero para quienes vienen, porque les acribillan en su país a muerte y hambre, a miseria y destrucción, para ellos significa volver a nacer lejos del imprevisto cañón como despertador y el grito de guerra.

 

Europa, tienes espacio de sobra y envejeces lentamente porque, entre otras cosas, sabiendo que te quedas vieja, no logras impulsar la vida nueva. Y necesitas reverdecer, pero ciega, no ves en esto de acoger más que un lío y una pérdida, en vez de sopesar que quizás los cientos y miles de ciudades abandonadas que tienes, pueden llenarse de vida nuevamente. Somos tan cerrados Europa, que nos cerramos al reverdecer de la historia que aquí y allá caprichosa, hoy te da una nueva oportunidad de demostrar. No a mí, ni al mundo, sino a ti misma Europa, demuéstrate que de verdad te importan las personas, sean de dónde sean. Tú bien lo sabes que conoces también el hambre, la desolación y que en ocasiones has sido nómada e itinerante, como ellos ahora. No me digas que padeces de demencia y que no recuerdas lo mal que se pasa.

 

No entres al trapo de la hipocresía, sé más lista. Si te importa la situación haz algo, algo que sea efectivo. Ya te adelanto que las personas de a pie, te miramos con recelo y dudados de tu implicación. Hacer algo para mi es crear las condiciones para que recuperen su hogar. no me sirven los campos de refugiados.

 

¿Quieres pasar ahí una noche Europa? Mejor ¿Qué tal dos años? Lo digo para que no te tiente la idea de pensar que es un camping y que se puede disfrutar como si estuvieran en uno. La realidad es cruel y lo sabes, es más…dije antes que justificaba tu sueño. No creo que lo entienda realmente y me retracto. Estoy loco por quitarte esa gran calculadora que llevas por gafas para que oigas, veas, sientas y te duela la sangre de inocentes que claman a ti desde cualquier parte pobre del mundo. Anda Europa, sé coherente con tu historia y no dejes que la historia te señale por participar en un genocidio real por omisión.

 

Una última pregunta Europa, que no me la puedo quedar dentro: ¿cómo duermes tan plácidamente ignorando tanto sufrimiento? YDF

 

 

¿QUÉ VA A SER DE MÍ?

¿Qué va ser de mí?: existe una pobreza que se vive de puertas para adentro, las puertas cerradas, sin poder permitirse una semana de vacaciones, con la chaqueta puesta que encender la calefacción sale cara, comiendo otra vez pasta o arroz y con vergüenza, mucha vergüenza siendo víctima. Nos han enseñado a tener éxito, o por lo menos a vivir sin que nos falte lo básico, y cuando resulta, que nos faltan las cosas más elementales para esta vida que se ha convertido en supervivencia…entonces nos sentimos culpables.

 

¿Te han despedido después de una trayectoria profesional intachable en tu empresa?

Siéntete culpable.

¿No encuentras por más que haces una oportunidad de trabajo?

Siéntete culpable.

¿Tu hijo o hija no podrá ir de semana blanca o fin de curso?

Siéntete culpable

¿No puedes pagar todas las facturas con tu prestación o sueldo escaso?  Siéntete culpable. ¡Siéntete culpable! ¡Avergonzado y cada vez con menos ganas de nada! ¡Pero que nadie te llame indigente, muerto de hambre o desgraciado!

Esos están tirados en la calle… Les despidieron no hace mucho. ¿Qué va a ser de mí?

 

Probablemente hayan perdido el contacto con sus hijos, y hace mucho que no tienen facturas de luz, se abrigan con lo que pueden en la mitad de la noche…

 

Pero igual que tu…también se sienten culpables.

¿Con qué derecho? ¡Algo habrán hecho para perderlo todo! ¡Viven así por que quieren!

No…nadie malvive así porque quiere…

¿Te gusta la sensación de no saber qué va a ser de ti después de cobrar el último mes de prestación por desempleo?

¿Te gusta tener que pedir prestado a algún familiar o amigo?

¿Cómo te sientes cuando se te acumulan las facturas y no sabes cómo hacerlo?

¿Y tener que decir –no…no yo este mes no puedo?

 

Pues una vez esa persona sin hogar que hoy ves, se enfrentó a todas esas preguntas, no supo o pudo encontrarles solución.

Hoy, miles, sentados en sus casas con una mano en las facturas y la otra en la calculadora se hacen la misma pregunta…¿Qué va ser de mí? Karroll G. D.

 

 

INDEFENSIÓN SOCIAL APRENDIDA:

J. es un amigo que conozco del trabajo a pie de calle. Estando en el local de Acción Humanitatis, un día tras un café y hablando de su actual situación frente a la búsqueda de empleo me dijo: Yo ya he hecho mucho, mucho… ya no hago nada para no fallar más. Enseguida me vino un concepto que fijé con especial interés durante la carrera. Ese mismo día, en casa y resumiendo el texto me dije, intentaré no desarrollar nunca, este comportamiento destructivo. Indefensión aprendida, un gran tema.

 

En los años 70, Seligman desarrollaba una propuesta tras varios experimentos, la llamó: “Teoría de la indefensión aprendida” que, en principio, se utilizó para describir ciertos comportamientos animales frente a situaciones de incontrolabilidad, pero que luego se extrapoló resultados a humanos con válidas analogías y coincidencias.

 

El macabro experimento: Una jaula cerrada, unos perros y una dosis inalterable de descarga eléctrica para una parte de la muestra. ¿Qué pasó además de maltratar a los pobres animales? Se dió cuenta de que aquellos que no podían evitar la corriente, reproducían ante las pocas expectativas de escapar, una indefensión adquirida que avocaba a la inacción o pérdida de toda respuesta de afrontamiento, sin evasión incluso después de ver nuevamente la jaula abierta.

 

Por otra parte, Brehn habla de reactancia (reacción/comportamiento contrario a la indefensión), expone que cuando se amenaza la libertad de una persona para llevar a cabo una determinada conducta, la persona experimenta activación motivacional (reactancia) que le lleva a la poner medios para la restauración de su libertad de acción.  Para esto hemos de conocer y estar dispuestos a explorar nuestra capacidad latente de superación y adaptación. Se ha de poseer unos niveles adecuadas de autovaloración y confianza propia.

 

Sencillo: la reactancia estaría relacionada directa y proporcionalmente con la respuesta de superación de la realidad concreta incontrolada. Depende mucho del locus de control: donde, por y cómo crees que suceden las situaciones a tu alrededor, sus desencadenantes, causas y consecuencias, si crees que eres quien dirige el recorrido, que las situaciones no te arrastran. Un tema que bien podemos casar con los estilos atribucionales, una novedosa perspectiva que en los años 80 rejuveneció con nuevos planteamientos y resultados la teoría de Seligman.

 

La propuesta aseguraba que los efectos de la indefensión podían ser más o menos severos, dependiendo del estilo atribucional desarrollado por el individuo en relación con las causas atribuibles, a la no contingencia. Básicamente viene a decir que la indefensión tiene mayores o menores consecuencias para el desarrollo de la vida normal de un individuo, dependiendo del propio sistema de creencia acerca de la pasividad/actividad relacionada con los resultados para redirigir una determinada situación adversa.

 

Si crees que las cosas pasan por factores estables y globales, tenderás a desarrollar más indefensión que si crees que las variables que te condicionan son de naturaleza transitoria, inestable y que no condicionan la totalidad de tu vida, sino la parte concreta/específica a la que atañe. Esto permite no contaminar la respuesta de indefensión a otras esferas.

 

Resulta de la percepción que experimentes respecto a la estabilidad y la especificidad de las variables que te condicionan, junto a la importancia directiva para el comportamiento de tu locus de control. La interacción reactiva entre estos, explicaría diferentes síntomas y grados de indefensión/reactancia en diferentes personas ante una misma situación.

 

Dicho esto, y por lo que a mí me toca digo: He escuchado miles de veces frases como ¡Si no buscan trabajo es porque no quieren! ¡Drogadictos y vividores que no quieren hacer nada! A los directivos de un banco de alimentos escuché: ¡Estáis alimentando a vagos! Refiriéndose de nuestro trabajo semanal compartiendo alimentos con personas sin hogar.

 

Afirmaciones como estas, ya por el hecho de generalizar son absurdas y reflejan poca individualización de la propia conciencia social. Por cierto, aprovecho para informar: en los últimos sondeos oficiales aumenta en un 27% en España las personas sin hogar que no consumen nunca alcohol. Una estadística desestigmatizadora sin duda.

 

¿Y qué cuando todo el sistema y entramado de situaciones te encierra en tu propia jaula y sin salida, con descargas que te apartan y laceran sobre ti estigmas sociales? Solo un ejemplo: el número de profesionales en situación de sinhogarismo aumenta y el 40% de las personas sin hogar no duermen a la sombra de los recursos sino al raso o cobijado en algún rincón. Si no pueden mantener su higiene total, porque es más el gasto real que la prestación que recibe, si llegas a una entrevista de trabajo diciendo que vives en la Plaza Mayor de tu ciudad entre cartones y no te cogen una y otra vez, si tu salud psicológica se afecta y tu autoestima mengua, si se acumulan los hechos traumáticos y las pocas posibilidades de salir, si al final te llegas a creer que eres un sin hogar, que esa es tu esencia… ¿Qué pasaría?

 

La indefensión aprendida no se limita al colectivo de personas sin hogar, es un comportamiento que se repite en los seres humanos a diario, en muchísimos hogares fuera de lo que definimos como zona de exclusión. Un proceso complejo que puede atenuarse o recrudecerse por factores medio-ambientales, situacionales, biológicos, patológicos y hasta bioquímicos (cuando hablamos de patologías mentales hereditarias).

 

Está claro que, en el contexto de calle más si cabe, incluso en un recurso (que dista mucho de ser hogar) puedas sentirte el perro de Seligman, arrinconado en el ángulo más oscuro de tus sensaciones, percepciones y pensamientos. Porcentualmente he visto más personas indefensas ante un globo social que les oprime y les distancia de la participación en la ciudadanía que propiamente vagos. Hablas, le miras a los ojos y adviertes, tanta frustración, adjudicación injusta y personal de culpas, tan asumida la condición y puesto que ocupan para la sociedad: tanta indefensión aprendida, que llegas a suspirar por el día de la reactancia. Viajar de un polo a otro en esta dirección suele ser más complicado. Es un proceso lento de recuperación que muchas veces se ve amenazado por mecanismos de defensa como la evitación y el fantasma del abandono.

 

Requiere esfuerzo, entrenamiento, seguimiento y tener la cabeza centrada en nuestro objetivo. En el caso de nuestra organización, pasa por un acercamiento profesional y en cuanto personas iguales, que comparten sus experiencias vitales y por tanto sus soluciones.  Es punto cero, para mirar más allá de la apariencia y del laberinto en el que pueden encontrarse, dar pistas de salida. Las pistas fiables pueden contribuir favorablemente al crecimiento de la autoconfianza y la autoestima, a rengancharse al carro de los que saben que pueden hacer algo para mejorar su realidad. A su vez factores claves de cualquier proceso de reinserción social, porque afectan a la percepción psicológica global que estructura la persona de sí misma.

 

La certeza de no participación en el curso de los sucesos vitales para la vida de la persona muchas veces supone un punto de ruptura con la contingencia, un sistema cíclico de frustración que pueden ser agravadas con patologías sociales y psicológicas que disminuye la probabilidad de éxito. A veces podemos hasta llegar a contagiarnos de ese derrotismo y no tenemos claro, que las riendas y el timón pertenecen a una persona con más potencialidades propias de las que conozco, de las que me puede/quiere mostrar, incluso más de las se reconoce y adjudica.

 

Como profesionales nos cansamos ante tanta indefensión, ante ella desarrollamos la nuestra, una indefensión profesional que obvia la capacidad que tiene el ser humano para resurgir y restructurar su campo. Hacerles caer en la cuenta de algo vital sin creérnoslo supera el límite de errores que podemos permitirnos como profesionales del tercer sector. Es vital cambiar el pronóstico reservado y pesimista por un interés que aumenta y planifica descubrir aquellos puntos de interés y reconexión con la vida social y participativa de la vida de las personas con las que trabajamos.  Sí o sí tienes que creértelo. Algún día vendrá la respuesta reactante, mientras, la solución para aumentar la eficiencia técnica de nuestro trabajo profesional es vencer los fantasmas de nuestra propia indefensión.

 

20 MINUTOS EN LAS CASAS DE BAÑO PÚBLICAS

A mediados del s. XIX las “Casas de baño” constituían todo un clásico en las grandes urbes que, como Madrid, acogían a cientos de nuevos habitantes en condiciones de habitabilidad inadecuadas.  Demasiado alta la mortalidad potenciada por la pobreza, el hacinamiento y las enfermedades sociales. ¿El objetivo de estos locales? Paliar la falta de servicio de la mayoría de las viviendas de la época.

 

Parte de su éxito se lo deben a las corrientes higienistas que las popularizaron con una intensa labor de difusión. Lógico: los hogares con sus añejos “escusados comunales” no eran precisamente un referente de higiene personal, de modo que el uso de las casas de baños era continuo, sobre todo en verano.

 

¡Al fin ducha en casa! Con el tiempo se fueron superando estos inconvenientes. Pero… ¿Qué hay de los que no tienen casa? Actualmente solo hay dos casas de baño funcionando como tal en la capital (Embajadores y Tetuán).

 

Al parecer todo está bajo control. Para las personas sin hogar existen casas de baño públicas, remodeladas, con mármol y agua caliente. Un panel en el control central activa cada cabina, desde ese momento y por el módico precio de 0,50€, una persona sin hogar, después de haberse desplazado desde cualquier banco o cajero de la ciudad (también pagando), disfrutará de 20 minutos de agua caliente. Sin toallas, ni productos de higiene. Todo bastante lógico (permítanme la ironía).

 

Sigo indagando. Aún quedan cosas que me sorprenderán. Resulta que, en 2012, esas misma casas de baño (¡sin remodelar!), para los mismos usuarios y desigualmente distribuidas tenían un precio de  0,15€. Lógica inversa en la que quien menos tiene menos recibe. En muchos casos 15 céntimos puede suponer un gasto elevado para una persona sin hogar que quiera ducharse a diario, como hacemos habitualmente las personas con recursos.

 

En un año, como si de la caja del Principito se tratara, se inventan un ¡subidón, subidón del 223%! Justo cuando se agravan las consecuencias de una crisis financiera que segmenta e incrementa la división entre las clases sociales más extremas y fusiona, en algunos casos, a la clase media con la baja, ha sido el momento propicio para el sablazo.

 

Según los datos del INE en ese mismo año, aumentó en más de un 97% la cifra de personas sin hogar sin ningún tipo de ingresos, ni siquiera prestaciones o ayudas estatales. Permítanme cuestionar la planificación de quien define el precio de éstos servicios, pero no presupuesta los gastos posteriores en recursos de sanidad pública destinados a tratar enfermedades comunes y fácilmente detectables y previsibles.

 

El ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad presentaba a votación al consejo de ministros una Estrategia Nacional Integral para Personas sin Hogar, en el informe se describe como ha aumentado la inversión estatal en servicios para este colectivo. Un aumento cuestionable, ya que se incrementa la partida presupuestaria para algunos recursos y servicios a la par que se disminuye o estanca en otros, dependiendo de qué y de dónde. Y que luego me digan que no pueden regalar un baño diario… y sin cronómetros ¡Por favor!

 

Primero desplazarse de punta a punta de la ciudad, cobrar unos minutos de agua caliente con un aumento del 223% en tres años, sin productos de higiene (que ya podrían estar incluidos en el precio) y, además, con unas palmaditas en la espalda y mucho cariño, se le invita amablemente con una orden silenciosa: ¡Aprovecha que son 20 minutos!

 

Como asociación nos pusimos en contacto con una de las dos casas de baños existentes en Madrid, movidos por la preocupación respecto a la higiene de algunos amigos que viven en la calle:  - ¿Existe la posibilidad de reducir el coste de la unidad para comprar bonos mensuales de obsequio para personas sin hogar? Nos encontramos con un amabilísimo pero rotundo no como toda respuesta.

 

¿Te vale? A mí no. Se esgrimirá como excusa para no extender y multiplicar las localizaciones del recurso, el hecho de que los baños públicos cubren perfectamente el número de consumo diario. ¿Pero cómo no? Si una persona sin hogar, que a veces no llega a los 400€/mes de prestación del estado, tendrá que pensárselo tres veces antes de acudir, quizás hasta echarlo a cara o cruz. A pesar de los estigmas, la mayoría de las personas sin hogar, según fuentes de estos centros, acuden a diario a su cita con la higiene. A pesar de que esto les suponga solucionar un día más el interrogante de cada mañana…: ¿Hoy ducha o café? Y.D.F.

 

 

 

SOLIDARIDAD XXI

¿Cuántas veces habremos oído esta palabra y cuántas veces habremos llevado a cabo actos abanderados por ella? ¿Pero somos conscientes de lo que significa y de lo que debe implicar o simplemente hemos aprendido que para ser considerado buena persona es necesario ser solidario y nos quedamos en el simple enunciado, en la superficie de un concepto que en sí mismo encarna el cambio social real?

 

Etimológicamente la palabra solidaridad proviene del adjetivo latino solidus que significa sólido, consistente y del verbo latino solido que significa dar solidez, asegurar, endurecer. De modo que debemos entender la solidaridad como un apoyo sólido, fuerte, resistente a una situación o realidad ajena a nosotros mismos, como un proceso en el tiempo, comprometido y constante que facilite la consecución de ciertos objetivos fijados de antemano.

 

Una vez aclarado el concepto, me asalta la siguiente duda, ¿está el individuo actual, individualista y neoliberal capacitado para darse de un modo tan profundo a quienes lo necesitan sin reparar en si los conoce o no, si viven cerca o lejos, si su historia se asemeja en algo a sus experiencias o si proviene de un entorno sociocultural completamente lejano e ignoto? ¿Estamos dispuestos a renunciar al modo en que hemos aprendido a vivir amamantados por un capitalismo voraz? ¿A deshacernos de las posesiones y comodidades individuales en pos de una mejora de la calidad de vida global?

 

Está demostrado que el ser humano nace con la capacidad de empatizar es decir, de acercarse y hacer suyos los sentimientos de otra persona, de ponerse en su lugar, esta es una característica intrínseca a la especie humana gracias a la cual somos capaces de realizar actos altruistas. La capacidad empática es el motor de la solidaridad y tiene mayor impacto emocional cuando vemos aquello que nos remueve la conciencia social, cuando somos observadores directos de la desigualdad, de la injusticia o de la situación problemática y cuando nos sentimos cerca de las personas afectadas, bien porque las conozcamos o bien porque nos sintamos identificados con ellas, pero no todas las personas empatizan con la misma intensidad y del mismo modo, aquí entran en juego factores culturales, sociales, personales, educacionales y experienciales.

 

Una sociedad en la que prima la competitividad y el éxito individual por encima del trabajo cooperativo y el bienestar de la comunidad no favorece al desarrollo de la capacidad empática entre la ciudadanía, pero si a esta tendencia individualista le sumamos la exposición masiva a noticias e imágenes impactantes dirigidas a golpear directamente a la sensibilidad de quien las recibe entonces podemos aventurarnos a afirmar que la capacidad empática tiende a desgastarse a medida que el individuo crece y se desarrolla, hecho que alimentará la tendencia a reducir dicha capacidad en las generaciones venideras.

 

A pesar de toparnos con una realidad algo desalentadora en lo que a la colaboración comunitaria se refiere es indudablemente cierto que ante las crisis humanitarias la respuesta de la ciudadanía aumenta de manera muy llamativa y se aprecia una actitud solidaria por encima de lo que suele ser la norma, pero una vez que la crisis humanitaria se palia o deja de ser noticia las acciones solidarias vuelven a su estado de letargo hasta la siguiente catástrofe. No es mi pretensión quitar mérito o importancia a estos gestos altruistas puntuales, puesto que considero que son necesarios, pero me gustaría remarcar que este tipo de acciones son efímeras y no van dirigidas a paliar las desigualdades sociales si no a hacerlas algo más llevaderas.

 

Me gustaría poder afirmar con total seguridad que estas muestras de empatía son el resultado de una reflexión personal que va más allá del hecho traumático puntual que requiere de nuestra aportación, que lo que nos motiva para arrimar el hombro es que hemos comprendido la injusticia que conlleva el hecho de que a pesar de ser iguales, no todas las personas tenemos las mismas oportunidades, que por motivos de azar hay quienes nacen en un lugar del mundo donde tendrán muchas más oportunidades de crecer de manera saludable, de tener sus necesidades básicas cubiertas y de tener, en definitiva, una vida satisfactoria. Me gustaría poder afirmar que la toma de conciencia de esta realidad nos lleva a querer luchar por hacer del mundo un lugar mejor.

 

No consigo encontrar la valentía para realizar esa afirmación cuando lo que observo es que estas muestras de compañerismo y de sacrificio se quedan en la superficie del problema y que a nivel individual no hay interés en acabar con la desigualdad ya que esto supondría tener que renunciar a muchas de las comodidades y caprichos que asumimos como necesidades de las que no podemos prescindir.

 

Para poder atajar la desigualdad es necesario incidir en la estructura que la sostiene y alimenta y es ahí donde, a nivel de ciudadanía, se hace imprescindible la solidaridad, la solidaridad de compromiso, aquella que asumen las personas que se  comprometen a sacrificar parte de su calidad de vida y de su tiempo para modificar, con su trabajo y esfuerzo permanente, aquellas realidades y situaciones que dejan a parte de la población al margen  de los derechos fundamentales.

 

Aún falta mucho camino por hacer, la caridad está muy presente en nuestras vidas, hemos aprendido a redimir la culpa que nos hace sentir sabernos parte de la sociedad favorecida a través de gestos y actos caritativos, nos sentimos cómodos quedándonos en la antesala de la solidaridad comprometida y nos da vértigo implicarnos con el cambio real, ya que cuando te implicas ya no hay marcha atrás, cuando miras a los ojos a la desigualdad ya no puedes girar la cara e ignorarla y es en ese momento donde la empatía no encuentra barreras ni excusas para poner en marcha los engranajes de la solidaridad.  Julia Gutierrez

 

 

NO CON SÓLO UNA CASA


No con sólo una casa: cierto es que el restablecimiento total de la participación en el sistema social para una persona pasa por tener una casa, un espacio psicológico (no solo físico), que le permita desarrollar sus potencialidades personales, significando para ésta (tanto por sus condiciones físicas, recursos de abastecimiento o relaciones interpersonales/interinstitucionales) su lugar de confort. En contraparte una casa no siempre asegura la participación plena del individuo en la sociedad.

 

Y aparecen los dos primeros conceptos que habrá que aclarar. Como organización participamos no sólo en la asistencia (aunque en algunas situaciones es necesario dependiendo del momento concreto en el que nos encontremos de la intervención), sino que trabajamos con el colectivo de personas sin hogar en las diferentes áreas que pueden verse deterioradas.

 

Trabajar implica una intención consciente de analizar como organización el momento vital en que se encuentran cada una de las personas con las interactuamos (usuarios/as) y desarrollar proyectos de reinserción viables, actualizados y adaptados a las diferentes y cambiantes tipologías de personas sin hogar. Dicho trabajo es un proceso longitudinal en el tiempo que requiere que sea la persona quien protagonice el escenario donde toma las riendas de su realidad y la recuperación de los agentes sociales que optimizarán su vida.

 

Luego cabe un inciso. Si releemos el primer párrafo entrarán en nuestra concepción de personas sin hogar, muchas, que antes ni siquiera incluíamos en ese colectivo. Principalmente porque se tiende a asociar a la situación de sinhogarismo únicamente a las personas con las que nos encontramos en las entradas de las iglesias o plazas públicas sin otro sitio para dormir. Y, a pesar de que estas personas se encuentran dentro de la situación de sin hogar, éste es un concepto más amplio que quedaría encapsulado/enquistado si lo convirtiéramos en sinónimo para describir a una persona que pernocta en la calle.

 

Una persona sin hogar puede vivir perfectamente a tu lado sin que la estigmatices o estereotipes, debido a que es una realidad extendida que hace referencia a la ruptura vital entre el individuo y sus agentes de socialización, aquellas instituciones, entidades y grupos que le proporcionan sentido de participación social, sin las cuales, el individuo vive y se relaciona con sus iguales a través de las paredes de un laberinto plagado de pérdidas existenciales que dramatizan y complican su historia.

 

Los hechos traumáticos para la vida de una persona sin hogar, (comúnmente varios en corto tiempo y de muchas tipologías, liderando las estadísticas en Madrid la pérdida de empleo, divorcio y desahucio) los de ayer, hoy, los que pueda imaginar, condicionan su momento presente con un agravante más: las paredes institucionales, psicológicas, sociales y protocolares, a veces solapadas, que hunden al individuo en la vorágine de un camino sin retorno natural que le posiciona en el escalón social más bajo, le estigmatizan y le ignoran.

 

En algunas ocasiones el objetivo es tratar de invisibilizarle y para ello se valen de las argucias menos perfectas: pinchos en las soleras de las tiendas, bancos “anti mendigos” en parques y paradas de autobuses, refugios que llaman albergues donde la menor intimidad no es posible. Es mejor que no tenerlo dirás. No si reeduca negativamente, si lacra socialmente, si no permite tu desarrollo donde también entra el de tu individualidad, la pareja, etc.

 

Sí, porque la aplicación real de muchos de los recursos públicos ha quedado obsoleta y se resiste a cambiar. Resulta más fácil decir que todo está hecho cuando las necesidades básicas están cubiertas y que si no se accede a los recursos es porque no se tiene intención. Obsoleta porque no responde a las nuevas tipologías de los tiempos actuales y porque siguen utilizando solapadamente un asistencialismo si me apuras más peligroso, aquel que utiliza una buena metodología, pero se niega a la aplicación individual de la misma.

Nadie tiene la fórmula perfecta para la reinserción social. Pero quizás conozca un ingrediente, sin el cual no podría conseguirse: motivación adaptada y flexible. Es decir, el reconocimiento del individuo como único e irrepetible y la creación de una metodología lógica que integre todos aquellos aspectos que encabezan su escala de necesidades superiores constituyéndose sentidos psicológicos importantes en su vida.  

 

Y todo esto para hablaros de bocadillos y abrigos. Acción Humanitatis nació en la cabeza de un grupo de amigos hace más de cuatro años. Bien recuerdo aquellos domingos, interminables, porque trabajaba de noche empalmaba de día en otra empresa y a la noche nos reuníamos en casa de un buen amigo a preparar con mucha ilusión los repartos. Era la primera herramienta que utilizábamos para acercarnos a esa realidad que conocía en el extranjero, pero no en España.

 

Ese encuentro semanal ha acompañado siempre a nuestra organización, también los repartos puntuales de ropa y artículos de higiene. Ese encuentro semanal con bocata en mano y café, es hoy por hoy, nuestra cantera de trabajo. Dirás ‘lo llevas claro si piensas que alguien así cubre sus necesidades y reconstruye su hogar’. Evidentemente no, pero todo adquiere matices si pensamos que es una “inmejorable oportunidad”, carente de fin en sí misma, si se quiere establecer una relación afectiva que vuelva efectivo tu trabajo. El sentido de aquel bocata de hace cuatro años cambió, hoy forma parte de un proyecto que reúne cada semana al equipo de  voluntarios/as, quienes también agradecen la oportunidad de acompañar cercanamente un proceso que fluctúa en los valores de intensidad, que no es rectilíneo y en el que se puede sugerir y “nunca” decidir.

 

Para quienes dicen que no hacen nada o poco, aquellas personas que salen a repartir bocadillos todas las semanas: desde Acción Humanitatis revindicamos ese bocadillo, dígase café o conversación. Se cumple una función social, para empezar en la satisfacción de una necesidad vital como es el alimento, otra desde el punto de vista social ampliando el marco relacional de esas personas fuera del círculo de sinhogarismo. Claramente una función como grupo formal/informal que actúa como agente de socialización. En parte de eso se trata la reinserción.

 

La próxima vez prometo descubrir el peligro latente que se esconde detrás de la sola asistencia (que tiene algo positivo, aunque cueste reconocerlo) y de aquellas variables que no maduran con el “sólo” bocadillo.  Pero esta vez nos centramos en lo positivo que tiene, sobre todo como parte planificada integrada a un proyecto, como lo hacen la mayoría de las organizaciones sociales.

 

Y si me permites por un momento, utilizar en vez de bocadillo, encuentro entre amigos, para referirnos a nuestras visitas a las personas sin hogar en los sitios en los que viven, la cosa cambia.

 

Es verdad que un abrigo y un café no reinsertan a una persona sin hogar, pero optimizan su realidad vital. No la restituyen a la sociedad, pero influyen positivamente para que el mundo de relaciones sociales se enriquezca con otras perspectivas, éstas rompen en muchas ocasiones las paredes de su laberinto y le acercan a una realidad distinta que participa plenamente en la sociedad y en el sistema de valores de convivencia que enarbola.  La reinserción es un camino largo que no termina cuando se tiene dónde dormir. Unas paredes vacías no son hogar sin el sonido de una voz conocida, sin mi perrito Pancho, sin mis horarios para comer y leer. Construir un hogar, permitidme deciros, pasa por mil bocatas y a veces ni mil son suficientes.

 

Soy testigo directo de cómo esperan estas personas a los/as voluntarios/as con sus bocadillos y de cómo lo necesitan. Sí, porque frente al evidente fracaso para solucionar el problema del sinhogarismo de las estructuras y recursos actuales y por increíble que parezca, muchas veces y muchas personas prefieren un bocata de chorizo y un café en un vaso plástico que ir a un comedor social. Porque ese café, no es sólo café, el café se vuelve sonrisa, mirada, comunicación, educación y una base de datos fiable donde poder implementar, con la garantía del encuentro cercano y entre amigos, proyectos longitudinales de reinserción. El individuo social únicamente en sociedad alcanza su punto álgido y es fructífero.

 

Me quito el sombrero ante esas miles de personas que, dando la vuelta al planeta, salen religiosamente a sus rutas, ante esas personas que pasan horas y horas cortando embutido e hirviendo café. Enhorabuena porque (y no dejéis que nadie os diga lo contrario) conscientes o no, habéis contribuido a que sea menor la retahíla de factores relacionales, psicológicos y de comunicación que extienden y agravan las rupturas que sufren las personas sin hogar. Y Delgado

 

 

ESPECISMO HUMANO

Me indigno, es la palabra justa, cuando escucho alguna noticia de maltrato animal. Es curioso, hasta podría parecer extremo ¿exagerado? Pero es la misma reacción (casi instintiva) que provoca la denuncia de alguna agresión aporófoba. Y con razón (parcial) me diréis: ¡Anda que no hay diferencias! Biológicamente igual muchas, o depende de la variable que cuestiones.

 

Lo cierto es que compartimos un espacio físico. Construir la paz, recortando las superioridades especistas fundadas sobre intereses de conveniencia debería ser el curso natural de la historia. A veces se retrocede, ya lo sé, pero todo forma parte de lo que llamamos evolución social.

 

Sin ser triunfalista, todos hemos ganado en derechos. Gracias a muchos colectivos, pero sobre todo a las personas individuales, hoy los animales a los que hacemos compañía o que nos acompañan, se les da el trato de amigos y lo merecen.

 

Gracias a unas horas de investigación descubrí el sentido y las aplicaciones terribles y solapadas de especismo en nuestra vida social. Es un término que ya no se separará de mí, porque, además, forma parte de mi sistema de creencias una postura equilibrada respecto al lugar que tenemos/ocupamos/damos a los demás seres vivos que comparten mi espacio físico y psicológico.

 

Especismo/especieísmo, fue acuñado por primera vez en los años 70 por un psicólogo, Richard D. Ryder. Contrario a lo que se cree comúnmente, el término describe una relación de desconsideración moral e intelectual, “… discriminación contra quienes no están clasificados como pertenecientes a una o más especies determinadas”1. Pero no está reservado solo ha animales diferentes a los seres humanos. 

 

Cierto es que la representación histórica del especismo ha sido el antropocentrismo moral, o sea, la infravaloración de los intereses de quienes no pertenecen a la especie Homo sapiens. Ya lo he dicho, la cosa cambió y hoy miles de protectoras, asociaciones y gobiernos intentan un camino de equilibrio que asegure los derechos de los animales. Mi mayor sensibilidad por las especies de animales diferente a la mía es fruto de ese trabajo activo de difusión en redes.

 

Y hasta aquí bien. La pregunta es ¿qué pasa cuando la tortilla se da la vuelta y el discriminado es el humano? ¿Qué decir o hacer cuándo se trata con desigualdad creando brechas?  Nos proponen en los medios, como noticias, personas sin hogar con conductas reprobable, y nos venden todo detalle referente a su condición social, como causante directo de tales conductas.  La intención es denunciar, aunque permítanme ver un atisbo de mala intención. Los accidentes condicionan el comportamiento no lo determinan, y otra cosa más. No se me ocurre nada más injusto que el peso de la discriminación social por pertenecer a un colectivo.

 

Generalizar o pretender la homogeneidad de la conducta sin explicar sus causas, además de ser desproporcionado y estigmatizador, responde a un tipo de pensamiento minimalista casi siempre alentado por patrones educativos rígidos y poco cuestionados por los individuos.

 

No suelo escuchar ni en telediarios ni periódicos una sola pregunta acerca del porqué. No interesan las causas. Es cuestión de quedarse en la superficie, criticar, no preguntar sobre los condicionamientos. Escuchar una historia desde una postura neutral, desde la azotea de los acontecimientos, enriquece el espectro de aristas y variables a tener en cuenta antes de subyugar bajo el prejuicio a las personas. Que han de ser conocidas y tratadas desde la individualidad.

 

Pero sin quedarme en la punta que asoma en la superficie. Metiéndome en el entramado de una problemática que subyace escondida y maquillada con mil razones al parecer justas, comienzo a enlazar anclajes de recuerdos, imágenes de mis caminatas por las calles de Madrid, cada día al regresar del trabajo. A uno y otro lado de las aceras del centro, las personas sin hogar viven con sus amigos los animales. He visto decenas de veces como priorizan o comparten su comida con ellos. Para muchas personas sin hogar, ellos representan todo lo que pueden considerar hogar y familia. Quizá lo único que les quede.

 

Y la imagen que se repite como un bucle es ver a transeúntes pasar. Miran, se acercan a los perros y les acarician: ¿Puedo darle de comer? Es la pregunta habitual, la única pregunta entre los dos humanos que cruzan miradas. He visto personas que se niegan a regalar el menor gesto de empatía hacia el humano que se tiende sobre el suelo, junto al perro.

 

No es muy normal que de antemano le adjudiquemos el peso de una culpabilidad que le inhabilita para recibir la sensibilidad natural de nuestra especie. He visto traer comida a perros y nada a las personas.

 

Pero pica y se extiende, en las redes el tratamiento (¡Solo en algunas ocasiones!) rompe el equilibrio que inclina la balanza y nos vuelve especista hacia el ser humano, proponiendo en ocasiones pautas en las que el hombre no merece (casi siempre desde condicionamientos sociales/culturales/históricos) el mismo trato y oportunidades. Nos excusamos detrás de un pensamiento extendido: los animales diferentes al ser humano son todos buenos (depende de las fobias individuales y mediatizaciones culturales), el ser humano no siempre es bueno. Y así enmarcamos en la frase ¡Algo habrá hecho para estar ahí¡ La vida que se tiende en el suelo ante ti. No es de extrañar que con estas actitudes aún queden salvajes que prefieran la guerra al dialogo y exterminen a todos los que no son iguales o conformes a lo que piensan. Erradicar el término por caducidad sería la solución.

 

No es normal que sea más noticia una cosa que otra. Me importa tanto los 30 perros del hombre de la finca que los tiene acinados y amarrados con hambre, que las personas que me encuentro a la entrada de mi bar del café de las mañanas. Me importan ambos y no antepongo el valor de unos sobre los otros. Solo con esta postura se puede desterrar la aplicación positiva del término. Creo que el tiempo, en el que esta palabra por olvido o falta de uso sea realidad, coincidirá con el de una civilización más pacífica y humana, capaz y heroica, por haber logrado exterminar el sufrimiento voluntario y consciente, por ser la protagonista del proceso necesario de reconexión y consideración hacia lo que nos rodea… con cada ser que habite el planeta. Y Delgado

 

 Horta, Oscar (2010). «What Is Speciesism?». Journal of Agricultural and Environmental Ethics 23 (3): 243–266.

 

 

LO MEJOR DE COMPARTIR

Lo mejor es compartir: no se nos ocurre mejor palabra. Pensamos que haceros partícipes de nuestras alegrías, de estas alegrías que hemos construido entre todos/as, no es solo un deber, sino una gran oportunidad.

 

Hace unos años comenzamos la andadura, y lo que en un principio era solo una idea secundada como amigos, la vimos florecer regada por las ganas y el deseo de ayudar a los más débiles, aquellos/as a los que la sociedad da la espalda, porque son invisibles, porque a veces, pura hipocresía, nos molesta verles. ¿Quizá porque quiera decir que mi egoísmo tiene algo que ver con su estado? Directamente no, ¿pero no creéis que, si os sentáis un rato al lado de la persona que cada día encontráis pidiendo en el metro, o en los soportales mientras te resguardas unos momentos porque llueve, cambiarías de alguna forma esa vida? ¿Aún crees que la solución es regalar una casa sin comenzar con una sonrisa?

 

 Lo importante es compartir. Las ganas y los deseos reales de colaborar, son de por sí, suficientes evidencias de un diagnostico prematuro pero favorable.  Ahora hablamos de planes futuros, de proyectos. Hemos de decir que está costando, pero Acción Humanitatis la formamos un grupo de personas voluntarias que prestan sus servicios desinteresadamente y con un entusiasmo que es contagioso.

 

Un grupo unido que con claros objetivos vamos creando caminos de acercamiento a las distintas realidades sociales intentando incidir positivamente en ellas. Especialmente con las personas que viven sin hogar. El equipo de Acción Humanitatis, abre sus puertas a todas las personas que creen en el valor de las pequeñas cosas. Y. Delgado