ENFERMEDADES INFECCIOSAS EN PERSONAS SIN HOGAR

Las personas sin hogar están expuestas a gran variedad de amenazas que pueden desembocar en problemas médicos o agravamiento de enfermedades preexistentes, debido a la pobreza extrema, el retraso en la búsqueda de atención médica o el incumplimiento del tratamiento. Entre ellas, nos encontramos las enfermedades infecciosas. Actualmente son varios los trabajos que se han realizado para analizar esta situación y, aunque los resultados difieren ligeramente entre países, todos ellos reflejan claramente que las personas sin hogar están más expuestas a padecer este tipo de enfermedades, especialmente aquellas que viven en la calle.

 

Un macroestudio realizado en 2015 por investigadores de la Universidad de Oxford y del Centro Karolinska de Estocolmo, liderados por el Dr. Fazel, analiza la epidemiología, las consecuencias y las recomendaciones clínicas de la tuberculosis, la hepatitis C y el SIDA, consideradas las enfermedades infecciosas más prevalentes en los ciudadanos sin techo de varios países, y que constituyen un riesgo para la salud pública.

 

La tuberculosis es una infección causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, con gran capacidad de adaptación al medio, y que afecta a los pulmones (dificultad respiratoria, tos, expectoraciones con sangre…), comprometiendo la funcionalidad del aparato respiratorio, y que si se complica puede propagarse a otros órganos. Uno de sus mayores riesgos es su carácter contagioso, haciendo que sea fácilmente propagable a individuos sanos a través del contacto con gotas de agua provenientes de la tos o el estornudo de las personas infectadas. Los síntomas de la enfermedad son muy inespecíficos (fiebre, cansancio, pérdida de apetito y peso…) y se recomienda consultar al médico si persisten durante unos veinte días, para descartar la tuberculosis.

 

Tal y como indica el NIH (National Institute of Health de los EEUU), las condiciones de vida insalubres, el hacinamiento o la desnutrición son factores de riesgo para padecer esta enfermedad. Esto hace que las personas sin hogar tengan una mayor tasa de infección tuberculosa, no solo por sus condiciones de vida, sino también por la dificultad de seguir el tratamiento en estos contextos. Esto acarrea además que las bacterias causantes de la enfermedad puedan hacerse resistentes al tratamiento, o que la enfermedad avance y se propague a otros órganos. En cambio, si la tuberculosis se diagnostica a tiempo, y el tratamiento se inicia rápidamente, el pronóstico es excelente. Por ello, resulta evidente la necesidad de tomar medidas urgentes para mejorar las condiciones de vida de las personas sin hogar y favorecer su acceso al sistema sanitario.

 

Como ya se ha comentado previamente en este artículo, la tasa de infectados por tuberculosis es significativamente mayor en la población que vive en calle con respecto a la población general. Concretamente, en EEUU la proporción de personas sin hogar que padecen la enfermedad es 46 veces mayor que la del resto de la población, en Reino Unido es 34 veces superior y 10 veces superior en la provincia de Ontario (Canadá). En nuestro país, un estudio llevado a cabo entre 1997 y 1998 en Barcelona encontró que el 75% de las casi 500 personas sin hogar analizadas estaban infectadas de tuberculosis, y en Sevilla las personas sin hogar que padecen la enfermedad son casi 40 veces más que la población general.

 

En España siempre ha habido muchos casos de tuberculosis, agravados por ejemplo con las condiciones de miseria tras la Guerra Civil. La mejora de las condiciones sociales en los años 60 y 70 disminuyó la tasa de infectados, lo que acarreó el cierre de muchos dispensarios y sanatorios dedicados a esta enfermedad, hasta que en los años 90 se invirtió en programas de control. Sin embargo, la aparición eventual de nuevos infectados, en algunos casos en centros de acogida para personas sin hogar, hace saltar las alarmas, y pone el foco en que, a pesar de tratarse de una enfermedad con baja mortalidad en España, tiene un altísimo componente social, al tener como aliados a la pobreza, el hacinamiento y la malnutrición. De hecho, y a pesar de que los afectados por tuberculosis siguen disminuyendo en nuestro país, la tasa de infección sigue siendo superior a la de los países de nuestro entorno, registrándose entre 6000 y 7000 casos cada año. Del total de afectados, entre un 25-30% son inmigrantes (que alcanzan el 50% en ciudades como Madrid y Barcelona). Sin embargo, no hay que estigmatizar, ya que no es el origen de los pacientes lo que provoca que la enfermedad se desarrolle y extienda, sino las condiciones de hacinamiento, la desnutrición y la escasez de recursos. Para agravar aún más la situación, en los últimos años ha irrumpido la tuberculosis multirresistente, ante la que los dos fármacos que se utilizan habitualmente para curarla no destruyen la bacteria. Para reducir las cifras, los expertos apuestan por la elaboración de un Plan Nacional contra esta enfermedad que unifique todos los esfuerzos individuales que se llevan a cabo para erradicarla.

 

Sin embargo, y a pesar de que estos datos muestran de forma muy evidente la vulnerabilidad de las personas sin hogar a padecer tuberculosis, un estudio realizado a casi 60000 individuos en 34 países indica que esta no es la enfermedad infecciosa con mayor prevalencia, ya que es superada en muchas de esas poblaciones por otras como la hepatitis C o el SIDA.

 

La hepatitis C es una enfermedad viral que afecta al hígado, produciendo su hinchazón y su consiguiente mal funcionamiento. Este órgano es vital para el metabolismo, la producción de bilis, la respuesta inmune, la eliminación de tóxicos de la sangre… Existen varios tipos de hepatitis C (que tiene que ver con el genotipo del virus), de los que depende la evolución y desenlace de la enfermedad. La infección crónica por hepatitis C provoca muchos problemas de salud que se deben a la aparición de un cuadro de cirrosis, en el que el hígado comienza un proceso de fibrosis que compromete gravemente su funcionalidad.

 

El contagio por el virus ocurre con la exposición a sangre de un paciente que padezca la enfermedad (pero no por contacto con la piel o la saliva). Esto hace que las personas con riesgo de contraer el virus sean, por ejemplo, aquellas que comparten aguja u objetos de higiene personal (como cuchillas) con individuos infectados, o que tienen relaciones sexuales sin protección con ellos. Por desgracia, estas son algunas de las situaciones a las que pueden verse expuestas las personas sin hogar.

Los tratamientos de la hepatitis C son en su mayoría antivirales, con la finalidad de eliminar el virus del organismo, lo que puede prevenir el daño hepático antes de que la cronicidad de la infección acarree insuficiencia hepática o cáncer de hígado. Una buena respuesta al tratamiento implica que el virus desaparece de la sangre pasadas 12 semanas, y es común en la mayoría de los pacientes. Actualmente no existe ninguna vacuna contra la hepatitis C, por lo que el mejor modo de evitar el contagio es la prevención.

 

El estudio de Fazel y colaboradores mencionado anteriormente en este artículo constata que la proporción de infectados por hepatitis C en EEUU es 4 veces mayor en las personas sin hogar que en la población general, mientras que en el Reino Unido asciende a 50 veces mayor. En nuestro país, un estudio realizado en un hospital sevillano indica que los ingresados por hepatitis C son 7 veces más entre personas sin hogar que en la población general.

 

Tal y como sea comentado previamente, la infección por VIH (virus de inmunodeficiencia humana) es otra de las enfermedades infecciosas de mayor prevalencia en las personas sin hogar. Este virus daña el sistema inmunitario al atacar a un tipo de glóbulos blancos, los linfocitos CD4, que tienen un papel esencial en la defensa de nuestro organismo. La destrucción de estas células implica que las personas infectadas por VIH son más susceptibles a contraer infecciones graves y ciertos tipos de cáncer.

Esta actividad deficiente del sistema inmune debida a la infección por VIH es lo que se conoce como SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida). El SIDA es la etapa final de la infección por VIH, y no todas las personas con VIH desarrollan SIDA, si bien el virus permanece de por vida en el cuerpo de la persona infectada. Se considera que una persona tiene SIDA cuando el número de linfocitos CD4 es menor a 200 por cada microlitro de sangre.

 

Los primeros síntomas de la infección por VIH pueden ser inflamación de los ganglios y otros parecidos a los de la gripe, que pueden desaparecer en cuestión de dos a cuatro semanas. Los síntomas graves pueden no aparecer hasta meses o años después, y durante ese tiempo, aunque el individuo no sospeche que ha sido infectado por VIH, tiene el virus en su organismo y puede infectar a otros. De no recibir tratamiento, casi todas las personas infectadas con el VIH contraerán el SIDA. Los síntomas dependen del tipo de infección particular y de la parte del cuerpo que esté infectada, si bien son comunes las infecciones pulmonares (que cursan con tos, fiebre, y dificultad para respirar), intestinales (diarrea, dolor abdominal, vómito, dificultad para tragar), la pérdida de peso y los ganglios inflamados.

 

El VIH puede contagiarse a través de relaciones sexuales sin protección con una persona infectada o por contacto con su sangre (por ejemplo, por intercambio de agujas para inyectar droga) y las mujeres pueden infectar a sus bebés durante el embarazo o el parto e incluso a través de la leche materna. Se ha demostrado que únicamente el semen, la sangre, el flujo vaginal y la leche materna transmiten la infección a otros, si bien el virus también se puede encontrar en saliva, lágrimas y líquido cefalorraquídeo. Sin embargo, y en contra de algunas creencias, el virus del VIH no se transmite por contacto con una persona infectada (con un abrazo, al tocar objetos…).

 

El virus puede detectarse con un sencillo análisis de sangre, y en caso de un resultado positivo, el tratamiento consiste en una terapia antirretroviral, que evita que el virus se reproduzca. Con tratamiento, la mayoría de las personas que presentan VIH/SIDA pueden llevar una vida normal y saludable. Los tratamientos actuales no curan la infección, pero contribuyen a disminuir la carga viral en el organismo, siempre que se tomen todos los días. En cambio, si el tratamiento se suspende, la carga viral aumentará y el conteo de linfocitos CD4 descenderá, lo cual evidentemente compromete la salud del paciente. De hecho, si los medicamentos no se toman regularmente, el virus puede volverse resistente a uno o más de los fármacos y el tratamiento puede dejar de funcionar. Tal y como se ha comentado, las personas sin hogar viven en un contexto que dificulta la adherencia al tratamiento, por lo que es muy importante poner en práctica medidas que favorezcan el seguimiento del mismo y por consiguiente mejoren la calidad de vida de los pacientes.

 

La tasa de infección por VIH, al igual que ocurre con el resto de enfermedades infecciosas recogidas en este artículo, es superior en los ciudadanos sin hogar que en la población general. En EEUU, esa tasa puede llegar a ser 20 veces superior. En otros países como Francia esa tasa es bastante inferior (si bien sigue siendo mayor que en la población general), quizás debido a la implantación de diferentes programas preventivos.

 

Como ya se ha comentado, estas son solo algunas de las amenazas a las que se enfrentan diariamente las personas sin hogar. Sin embargo y por desgracia, no son las únicas. A estas enfermedades infecciosas hay que añadir otras de la misma naturaleza, o diferente, como las enfermedades mentales, los problemas respiratorios, las heridas y traumatismos…

 

Estos resultados tan evidentes ponen el foco en que la identificación y el manejo de las infecciones debería formar parte de la planificación y desarrollo de recursos para personas sin hogar, ya que todas estas patologías están relacionadas con el contexto asociado a largos periodos viviendo en la calle o en refugios. Además, la aparición de estas enfermedades en la población sin hogar implica un aumento del riesgo de contagio al resto de la población, con el consiguiente impacto en la salud pública. Por ello, todos los investigadores y expertos en este tema señalan que deberían realizarse más controles en las personas sin hogar que sirvan para detectar enfermedades como la tuberculosis, que en muchos casos no manifiesta síntomas claros de sospecha. Además, se han de establecer actuaciones para valorar la susceptibilidad de las personas sin hogar a las infecciones. Estas personas deberían tener acceso a ropa y zapatos nuevos y a instalaciones sanitarias para ducharse, a un calendario estricto de vacunación y sus dosis de recuerdo (contra enfermedades contagiosas como la difteria, sarampión, hepatitis A y B, gripe), distribución gratuita de preservativos o tratamientos relacionados con infecciones como la sarna y otras parasitosis. Clara Azpeleta Noriega, Doctora en ciencias biológicas y profesora de la UEM.

 

COACHING PARA PERSONAS EN SITUACIÓN DE CALLE

Llevo meses descubriendo los beneficios del Coaching. Estudio en D’Arte, la mejor escuela que conozco, entre otras muchas cosas por el grupo de personas que trabajan y colaboran en ella.

 

La escuela nos forma como Coach Profesionales y además nos da la oportunidad de ser Coachees  (los entrenados), por lo que vivimos y sentimos el Coaching en su totalidad. Porque de eso se trata, de sentir y vivir el Coaching, no de creer o convencer a nadie de sus beneficios. Cuando sientes en ti la transformación, la mejora y el crecimiento personal, ya solo y siempre necesitas compartirlo, expandirlo y utilizarlo para ayudar a los demás a que experimenten este proceso tan bonito y necesario para muchos.

 

Mucho más tiempo llevo siendo voluntaria de Acción Humanitatis. Los que me conocéis, sabéis que es mucho más que sensibilidad por el colectivo de personas en situación de calle lo que me une a esta Asociación. He visto estos años de voluntaria el bien que hacen todos mis compañeros a estas personas, conozco a los que han salido de la calle y están trabajando, conozco a los que están en la calle y valoran el acompañamiento, la atención, el respeto y el cariño con el que les tratamos (el que se merecen).

 

Por todo ello, mi proyecto final del Máster lo voy a enfocar en esto, Coaching para personas en situación de calle. Porque un proceso de Coaching ayuda a las personas a mejorar o cambiar cualquier situación, porque como Coach, lo primero y más importante que necesito, es que la persona quiera, que se comprometa consigo misma y con el objetivo. ¿Quieren todos los abogados hacer un proceso de Coaching?, ¿todas las amas de casa?, ¿todos los adolescentes?, ¿todos los divorciados? La respuesta es la misma que si hago la pregunta: ¿quieren todas las personas en situación de calle hacer un proceso de Coaching? Será como en Botica, habrá de todo, habrá que preguntarles, habrá que ofrecérselo, habrá que facilitárselo...

 

Desgraciadamente no sobra decir que lo que tienen en común los perfiles citados  es que son personas, personas con diferentes situaciones. Además, “casualmente”, las personas en situación de calle son abogados, han sido adolescentes, amas de casa, divorciados, extranjeros, empresarios. Son personas con familia, con profesión, con fracasos, triunfos, luces, sombras, talentos, defectos. Personas. Según el último recuento 2.217  personas sin hogar en Madrid.

 

El Coaching no cura, no es Psicología, siempre derivamos casos que se salen de nuestras competencias. Los Coaches podemos ser el puente hacia la terapia que el coachee descubra que necesita.

 

Qué es, fundamentos y competencias del Coaching

 

Es un proceso personalizado y confidencial en el que el Coachee a través de la conversación y delas preguntas poderosas, toma conciencia de su lugar y situación actual, desentierra herramientas, capacidades y competencias olvidadas, y se pone un plan de acción para lograr llegar al lugar y a la situación deseada. El Coaching amplia perspectivas, genera opciones. El resultado de observar la realidad de forma distinta permite actuar de modo distinto.

 

Los fundamentos del Coaching son:

  • Conciencia. La reflexión lleva al coachee a una mayor conciencia de sus comportamientos, pensamientos, sentimientos y necesidades.
  • Autocreencia. El poder está en uno mismo, en sentirse capaz. El trabajo de autoestima, identidad y creencias serán puntos muy importantes a trabajar especialmente en personas en situación de calle.
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  • Responsabilidad. Es consecuencia del aumento de conciencia y del trabajo de la autoestima. Ahora eres capaz de decidir, elegir, tomar las riendas y ponerte en acción. Has recuperado tu para qué, tu propósito de vida.

Las competencias de un buen Coach son:

  • Ética
  • Presencia
  • Escucha activa
  • Preguntas poderosas
  • Comunicación directa
  • La Alianza
  • Planificación de Objetivos
  • Generar confianza
  • Generar conciencia
  • Invitar a la Acción
  • Seguimiento

En todo ello nos formamos y nos entrenamos. Yo tengo la suerte de que en mi Escuela nos forman además en Inteligencia Emocional y Programación Neurolinguística, por lo que salimos pudiendo añadir a nuestras sesiones dinámicas  y herramientas para reconocer y gestionar emociones, gestión de conflictos, gestión del miedo, cambio de creencias, etc.

 

Somos seres lingüísticos, nos creamos a nosotros mismos a través del lenguaje, por eso hablo de Personas en situación de calle, no de indigentes, vagabundos u otras palabras  que estigmatizan y definen más a quien las utiliza que al que van dirigidas.

 

El Coach respeta profundamente a su Coachee, no le juzga, lo único que le interesa de su pasado es rescatar las capacidades que le hicieron triunfar, conseguir, superar, para traerlas al presente y con ellas afrontar el futuro.

 

El Coaching está hecho por y para personas, para sacar lo mejor de nosotros mismos, para mejorar el día a día del abogado, del ama de casa, del adolescente y de la persona en situación de calle.

 

Siento y vivo el Coaching ya como una filosofía de vida, como algo que me transformó, que me vació la mochila, que me liberó de creencias limitantes, que me hace responsable, segura y feLiz. Ahora me siento obligada a compartir lo aprendido, a utilizarlo en ayudar más y mejor a las personas, sea cual sea su situación, también a las personas en situación de calleLiz Riaza

 

 

 

SORPRESAS ILUMINADAS POR UN 8 DE MARZO

Son las 8 de la mañana de un viernes que ha llegado por sorpresa, sin darme cuenta estoy en el final de una semana más, cómo pasa el tiempo, se nos va de las manos… Se me vienen a la cabeza todas esas frases que mis abuelas repetían incansables acerca de la velocidad a la que se nos va la vida, velocidad que imagino se perciba estrepitosa cuantas más velas tengamos que poner a nuestra tarta de cumpleaños y así, preparándome para un nuevo día de trabajo y rutina, reflexiono sobre las palabras que acaban de sonar en mi cabeza casi inconscientemente, como si mi yo interior hubiera decidido hoy ir a su aire sin apenas contar conmigo, “sí, vas camino de los 35, pero tienes pareja, tampoco pasa nada”. Soy consciente de que 35 años es una edad que aún se considera joven, pero el paso de los años nos afecta de manera individual a cada cual en nuestro pequeño universo y la edad, no es algo sujeto únicamente al tiempo pasado desde que te decidiste a salir a ese mundo extraño fuera del vientre materno, el tiempo vivido y cómo nos afecta tiene que ver con los logros conseguidos, con aquellas metas que un día decidiste que debías alcanzar y con la presión que sientes si no las has logrado aún o sabes lo difícil que lo tienes para marcar un ‘tic’ al lado de tu enésimo propósito vital.

 

Sorprendida, me dejo engullir por ese pensamiento que felizmente creía espontáneo y que ahora comprendo que ha estado rondándome por la cabeza durante mucho tiempo, al principio como un pequeño esbozo para poco a poco ir definiéndose y haciéndose fuerte hasta reunir el valor de plantarme cara, a mí, ferviente feminista, incansable artesana de mi autoestima, que tras años de arduo trabajo, por fin me desnudé de inseguridades y complejos. Y así, como si de una serendipia se tratara, esta mañana he descubierto que aquello que me inquieta no es hacerme mayor, si no que esto suceda sin tener a alguien cerca que asuma el rol y compromiso de pareja y me acompañe en el inevitable paso de los días.

 

¿Cómo puedo haber caído en esta trampa si desde hace tiempo pataleo y me revuelvo cada vez que me topo con quién se empeña en imponerme ese ideal social del matrimonio, la maternidad y demás ‘deberes’ de una mujer de 34 años? Y lo que es peor, ¿hasta qué punto no estarán sumergidas en esta vorágine aquellas que no hacen ni por sacudirse las obligaciones socialmente impuestas a pesar de reconocerse en desacuerdo?

 

Con el sarcasmo con el que la vida tiene la habilidad de despertarnos de nuestros letargos, con el  8 de marzo aún latente, día de la mujer, fecha señalada en el calendario de toda feminista que se precie, me doy cuenta de cómo el machismo ha logrado entrar en mi vida y en mi forma de pensar, sigiloso, con discreción, infiltrándose por los resquicios de mi armadura moral, hasta hacerse un hueco en mis emociones más primitivas.

 

Si el machismo en una de sus infinitas formas, logró traspasar los muros que con dedicación y conciencia construí y sigo construyendo a su alrededor, ¿qué no conseguirá traspasar en quienes  niegan su existencia, quienes se aferran a las pequeñas mejoras conseguidas y desprestigian los movimientos que le van en contra?

 

La esperanza a la que me aferro es que este pensamiento no es inherente al ser humano, sino que es aprendido, adquirido desde la infancia, por lo que una vez detectado puede combatirse con mayor o menor esfuerzo. Y somos cada vez más las y los que tomamos la palabra y no cesamos en nuestro empeño de cambiar las cosas, de crear una sociedad igualitaria, que reconozca las libertades y capacidades de todas y de todos.

 

Sabemos que el camino es largo y complicado, pero es mayor la certeza de que alcanzar nuestro objetivo será la mejor de las recompensas, puesto que no se trata de capricho ni egocentrismo, sino de justicia social. Julia Gutierrez

 

 

SINDROME DE STREET AS HOME

Hace más de un año que se fue. A, vivió sus últimos años en un soportal, no pasaba hambre, frío sí. Por las mañanas iba a una iglesia cercana, sabía que algunos le llevarían bocata, un tupper, una manta. Era conocido en San Miguel el grande, conocido y querido.

Desde mis inicios en el trabajo social, tenía asumido que una de las cosas que más atan a las personas a una situación de calle es la carencia de soporte económico, así que las veía como una unión o binomio sin disolución factible. Pasado un tiempo y a medida que fui profundizando más en el trabajo y conocimiento de esta realidad, me di cuenta de que quedarme en el simple binomio supondría no dejarme ver más allá de lo este concepto reduccionista, aunque de primeras pueda parecer lógico y tentador.

Somos bastantes los economistas del tiempo a la hora de explicar los fenómenos personales e individuales (dígase de aquellos que tienen el tiempo por valor, en nuestro caso, aquellos que anteponen el concepto a la descripción exacta del fenómeno en aras de ahorrar tiempo en la conceptualización o en el procesamiento cognitivo de una realidad determinada). Tendemos a encasillarlos en patrones rígidos y poco adaptativos que generalizan, pero obvian o dan espaldarazo a la individualización. Pero como el error de nuestro economato temporal lo sufren los clicheados, pues nos parece bien.

Con más frecuencia de la oportuna, A. rechazaba los recursos a los que tenía acceso, todas las organizaciones sociales pretendían ser la solución para su estancamiento vital sin querer comprender que él sentía que su vida estaba íntimamente ligada a la calle, a aquel pasillo frío e intempestivo que desembocaba en la calle Mayor. Desde fuera podría ser percibido como un señor barbudo y desaliñado, con cara de enfado que pasaba sus horas ahí tirado, sin levantar la cabeza y a veces, ni siquiera la vista. Pero las cosas desde fuera sólo se intuyen.

Tras mucho tiempo de visitarle en su pequeño rincón construido de cartones, un día A. habló de forma espontánea,  "¡Al fin!", Pensamos quienes le acompañábamos aquella tarde y con miradas cómplices compartimos nuestro júbilo. Por primera vez en tanto tiempo nos regalaba algo más que saludos entrecortados y frases sueltas tras su triste y seria mirada.

Pero ese día sonrió, le habíamos llevado algunos regalos (comics, unos artículos de ciencia y unas tabletas de chocolate), objetos que sabíamos que echaba de menos y supongo que fue en ese momento cuando comprendió que seguía siendo importante para ese puñado de chavales voluntarios que no faltaban a su cita semanal. Hicimos un coro tendidos junto a él en el suelo y pudimos encontrar, al fin, su mirada entre aquella negrura espesa tras la que se resguardaba. Nos sorprendió su facilidad de palabra y su don de gentes. Aquel día A. tenía ganas de conversar y, tras un tiempo compartiendo experiencias y reflexiones, terminó diciendo:

“- Con los años te adaptas y no quieres más que esto. Porque los muros que para algunos son solo adornos, para mí son los cimientos de mi casa. Estas columnas son testigo. Ya son 20 años aquí, yo en un albergue me muero. Eso no puede ser mi casa.”

Y entrecortó la frase sin dejar ni una palabra más al descubierto, después se perdió en sus pensamientos mientras me sostenía una mirada penetrante y cariñosa. Aquellas columnas ennegrecidas por el tiempo y tanto dolor, eran lo único además de sí, que consideraba suyo, eso y su historia.

Esa fue la primera vez que pensé en el “Síndrome de Street as home”. Algunas variables independientes (diferentes a las adicciones, el bajo o nulo nivel adquisitivo, las psico-patologías, etc) pueden condicionar lo suficiente como para circunscribir durante muchos años a una persona a la situación de calle.

Tengo que decir que he escuchado muchas veces eso de “esta es mi casa, no quiero irme de aquí”. ¿Por qué? ¿Para qué aferrarse al frio soportal, cuando se ofrece un recurso cálido como opción? ¿Por qué las personas sin hogar, cuando se espera que acepten cualquier cambio positivo para sus vidas, rechazan los planteamientos y procesos bien estructurados desde el punto de vista del trabajo social?

Como profesionales del campo social hemos de comprender que la situación personal de cada  una de las personas con las que trabajamos es diferente, que hay quien esté preparado para emprender el camino hacia la reinserción y quién necesite mucha más motivación para emprenderlo. Es fundamental cambiar el enfoque y acercarnos cuanto nos sea posible al punto de vista de la persona que lo ha perdido todo, que ya no se tiene ni tan siquiera a sí misma. Debemos interiorizar que como profesionales nuestro trabajo es ofrecer herramientas y acompañar en el proceso, apoyar a la persona sin recriminar recaídas o altos en el camino, pero sobre todo comprender que quien ha de sentirse identificada y comprometida con cualquier opción y cambio es la persona a la que acompañamos, ya que si falla la implicación y el convencimiento se verá abocada al fracaso.

La frustración de no ver secundadas las soluciones que consideramos mejores lleva a que los profesionales que trabajamos con las personas sin hogar nos desesperamos pensando que no saben apreciar la oportunidad, que no entienden lo que es mejor para ellas y, con desesperación y decepción, acabamos por abandonar el caso.

“Síndrome de Street as home” es el nombre que, en un intento de nombrar un fenómeno común en el trabajo social con personas sin hogar, he considerado más adecuado.

Síndrome de Street as home: se dice de aquel comportamiento persistente y recurrente de una persona, por mantenerse en su situación de calle a pesar de los reiterados esfuerzos de presentarle recursos que respondan “mejor” a sus necesidades. No se incluyen aquí aquellas personas que permanezcan en esta situación por condicionantes económicos, de inaccesibilidad a los recursos, con algún trastorno del comportamiento o psicológico.

Cuando una persona percibe que aquello que le rodea es cuanto da sentido a su existencia, no hará falta ninguna otra razón para que viva hasta morir perpetuando aquello. Es frecuente que con el dolor se creen callosidades que enturbian la perspectiva que se tiene del mundo y de la vida, que mengüen las aspiraciones y broten estados de frustración perennes que desembocan o activan resortes psicológicos de protección.

El proceso, detectadas estas características, pasa por comenzar el camino de vuelta a la percepción de dignidad y derecho a la autonomía que tiene, inherentemente a su condición social, simplemente por el hecho de ser persona. Recordarle su sitio en el mundo y no el sitio que le da el mundo, a veces ese sitio se tiene que conocer, desear, buscar y pelear hasta alcanzarlo. En una sociedad en la que el individualismo abunda, es difícil recuperar aquel lugar que nos pertenece como miembro de la ciudadanía, pero en el caso de las personas sin hogar, además de este condicionante común al modelo social actual, la lucha se hace más difícil puesto que suelen percibirse como lo más bajo de la cadena social, lo que incrementa que se estanquen en la situación en su precaria condición vital y dejen de percibir una mejora como algo viable y legítimo.

Cada persona ha de empoderarse para poder recuperar su dignidad, convencerse de su fortaleza y luchar por sus derechos. Nadie nació para vivir en un soportal, para descansar sobre cartones o vivir en el abandono, pero esta realidad se repite a diario y, a pesar de que un soportal está muy lejos de ser un hogar, puede convertirse en  el ‘palacio’ lúgubre al que pertenecen las vidas de quienes hace tiempo se convirtieron en invisibles. ADF

 

 

 

    QUIEN HIZO LA LEY HIZO LA TRAMPA. LA TAPADERA DE LOS DERECHOS HUMANOS.

 

Las personas sin hogar no son atendidas como titulares de plenos derechos por los estados, estas personas ven violados sus derechos de forma sistemática como: salud, acceso a la información, acceso a la cultura, hidratación, la libre circulación...

 

Su existencia en el espacio público se ve criminalizada y en muchos lugares son multados, expulsados de los centros de las ciudades hacia las afueras, con el único fin de "no hacer feo al turista" o por las fiestas de turno.

 

Es un atentado contra la dignidad de cada individuo, mermada ya por la violencia estructural, de convivencia, que implica el propio fenómeno del sinhogarismo junto a un fracaso en el modelo social y de convivencia.

  • Derecho a integridad física y moral
  • Derecho a la libertad de residencia y circulación (libre circulación)
  • Derecho a la intimidad personal
  • Derecho a la educación
  • Derecho a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades
  • Derecho de acceso a la cultura
  • Derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada

Según el artículo 9 de la declaración sobre el derecho y el deber de los individuos, los grupos y las instituciones de promover y proteger los derechos humanos y las libertades fundamentales universalmente reconocidos, "toda persona tiene derecho, individual o colectivamente, a disponer de recursos eficaces y a ser protegida en caso de violación de esos derechos.

 

A tales efectos, toda persona cuyos derechos o libertades hayan sido presuntamente violados tiene el derecho, bien por sí misma o por conducto de un representante legalmente autorizado, a presentar una denuncia ante una autoridad judicial independiente, imparcial y competente o cualquier otra autoridad establecida por la ley y a que esa denuncia sea examinada rápidamente en audiencia pública, y a obtener de esa autoridad una decisión, de conformidad con la ley, que disponga la reparación, incluida la indemnización que corresponda, cuando se hayan violado los derechos o libertades de esa persona, así como a obtener la ejecución de la eventual decisión y sentencia, todo ello sin demora indebida".

 

 A los mismos efectos, toda persona tiene derecho, individual o colectivamente, entre otras cosas, a: Denunciar las políticas y acciones de los funcionarios y órganos gubernamentales en relación con violaciones de los derechos humanos y las libertades fundamentales mediante peticiones u otros medios adecuados ante las autoridades judiciales, administrativas o legislativas internas o ante cualquier otra autoridad competente prevista en el sistema jurídico del Estado, las cuales deben emitir su decisión sobre la denuncia sin demora indebida.

 

¿Pero cuántas veces denunciamos la violación DDHH con la que convivimos? ¿No nos parece suficiente ver a la misma persona más de cuatro años en la calle?

 

Ofrecer y prestar asistencia letrada profesional u otro asesoramiento y asistencia pertinentes para defender los derechos humanos y las libertades fundamentales.

 

Esto supone burocracia, desplazamientos que no pueden costearse, falta de información...

A los mismos efectos, toda persona tiene el derecho a dirigirse sin trabas, a los organismos internacionales que tengan competencia general o especial para recibir y examinar comunicaciones sobre cuestiones de derechos humanos y libertades fundamentales.

 

En el Pacto internacional de derechos económicos, sociales y culturales, parte II artículo 3 dice:

Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a asegurar a los hombres y a las mujeres igual título a gozar de todos los derechos económicos, sociales y culturales enunciados en el presente Pacto.

 

Parece no ser suficiente...

 

  • ¿Para qué tenemos tantas declaraciones, pactos y leyes que no somos capaces de cumplir?
  • ¿Por qué no somos capaces de denunciar la situación infrahumana que vemos a diario?
  • ¿Por qué nos alarmamos tanto con la violación de derechos fuera de España y la nuestra la normalizamos?
  • ¿Acaso es incomparable cualquier tipo de violación de derechos humanos por accidente geográfico o político?

 

A Manuel, Said o Bea, les causa risa cuando les hablas de justicia, legalidad o equidad, saben lo que dices

pero no tienen nada de esto que suena tan bien.

 

Entre cartones o un recurso asistencialista donde parece que uno sobra o está de más, la cabeza, no da para pensar si se

está haciendo justicia o no; se limita a sobrevivir. KGD